sábado, 25 de agosto de 2018

UN PASEO, O ... DOS


El pasado día 15 de agosto, a primera hora de la mañana (si a algo más de las ocho de la mañana se le puede llamar primera hora), salí a darme una caminata por la alcarria de Castejón de Henares.
¡Anda que no tenía yo ganas de darme una caminata a esa hora! ¡Hacía, qué se yo!, lo menos 10 años que no lo hacía y, casi, me había creado un trauma. Me quedó claro qué para mis pretensiones, es decir: encontrar lo que yo buscaba, hay que salir a primera hora de la mañana, no a las ocho.
Después de dormir en la casa de mi hermana Carmen, al abrir la puerta, vi el cielo bastante nublado; no con nubes de esas que se desarrollan verticalmente y que en un descuido te pueden poner como una “sopa”. No, eran nubes bajas que en todo caso te indican algo más fresco de lo normal. Me puse un jersey fino, que enseguida de ponerme a caminar me sobraba y más subiendo la cuesta hasta alcanzar la llanura de la alcarria. No llevaba ningún bastón de apoyo, pues pretendía poder disponer de las manos libres para manejar la cámara de fotos, que en este caso era un móvil.

Como era día festivo, a esa hora prácticamente no había ninguna actividad. En la subida tomé un par de fotos: una desde la curva del “Chaparro” (supongo que será para siempre el pico del Chaparro, aunque el chaparro nos lo birlaron en un descuido ¡maldita sea!), donde sale toda la vega de Castejón y, al fondo, transversal, el Río Dulce, con su hilera inconfundible de chopos y, detrás de los chopos, en la lejanía, se ve el pueblo de Villaseca de Henares. La otra foto fue a la boca de la cueva que apareció cuando se hizo la carretera y que aún, que yo sepa, está virgen de espeleólogos.


Mira que puse cuidado en que al final del barranco, cuando ya se está llegando al llano, podría ver algo que se moviera, algo con vida, algún animal cinegético y, en concreto, algún corzo, que, a fin de cuenta, era lo que más ilusión me hacía. Pues nada. Como aquel que dice “no se movía ni una hoja”. Cuando caminaba por la carretera y al dar vista a nava Labrada, ya en el llano, vi una bandada de pájaros, pude contar unos 30 (podrían estar juntándose para emigrar). Poco más adelante llegué al cruce de la pista, giré a la izquierda, para seguir por la pista hasta el camino Cifuentes. Un poco antes de llegar al cruce con el camino de Almadrones hay una nave construida que quedaba a mi derecha, según el sentido de la marcha; aquí sí, aquí salieron dos perros ladrando en la zona que está alambrada. Seguí hasta el camino Cifuentes, como era mi plan, y nuevamente giré a la izquierda para volver a casa, dejando la pista a mi espalda. Cuando habría caminado unos 50 metros por el camino Cifuentes, oí algún ruido detrás y, al volverme, vi que, por la pista, iban dos ciclistas en el sentido contrario al que yo había traído. Seguí caminando y pronto pude oír, pero no ver, que de las encinas que hay sobre el borde del camino, voló una paloma torcaz.
Es todo lo que puedo contar, pero, no obstante, no me aburrí. Resultó un paseo placentero a esa hora de la mañana, respirando paz y sosiego, con toda la alcarria para  relajar la vista, aunque lo que veía era una inmensa rastrojera, salpicada de rodales de encinas, a las que hay que agradecer que, en todas la estaciones del año, estén de color verde, haciendo un bonito contraste, ahora con la sequedad de la rastrojera; en el invierno con el ocre de los barbechos y, en primavera con otra tonalidad del verde que lo dan los cereales.

AL DÍA SIGUIENTE
Al día siguiente mi plan, que en parte se truncó, era salir de Castejón por la mañana, quizás entretenerme algo por Jadraque, para llegar a la hora de comer a Espinosa de Henares (Mari Nati) o a Cogolludo (Fernando), mi pareja de amigos a los que les había propuesto comer juntos. Creo que fue el día 15 cuando recibí un Whatsapp de Mari Nati donde me decía que no podía ser, pues tenía consulta con el médico. ¡Lo difícil que resulta, en una pandilla de seis u ocho con nuestra edad, encontrar entre semana, un día en el que alguno no tenga una consulta con el médico!
Bueno, antes de salir de Castejón y al despedirme de Antonio, me quiso dar unos tomates criados en su huerto y unos huevos, no de corral, sino de gallinas de corral, a lo que, muy a mi pesar y de manera educada, creo, se los rechacé, pues hasta muy a última hora de la tarde no esperaba llegar a casa y, tanto los huevos, como los tomates, todo un día 16 de agosto metidos en el coche, podría suponer tenerlos que tirar a la basura. No fue lo mismo con mi hermana Fina, que en vez de preguntarme si quería unos tomates, me “largó” (toma) una bolsa con tres tomates, estos criados en el pueblo de mi cuñado, Pinilla de Jadraque, a lo que no pude ofrecer ninguna resistencia.
Antes de entrar en Jadraque y como ya sabía que iba a comer solo y había decidido que sería en Cogolludo, me acerqué a Jirueque, a ver el “Dorado de Jirueque”, del que había leído algo, pero nunca lo había visitado. “El dorado” es un monumento funerario (sepulcro), que un sacerdote que ejerció en este pueblo, parece que de una familia adinerada, se encargó en vida y es donde está enterrado.
Al entrar en el pueblo de Jirueque le pregunté a un hombre que me encontré en la puerta de la primera casa y me dijo que había elegido mal día, pues el monumento está dentro de la iglesia y la iglesia solo se abre los domingos y festivos, cuando el sacerdote, que no reside en el pueblo, abre para celebrar la misa.
La conversación no fue baldía. Cuando le dije que era de Castejón de Henares, me dijo que no había estado nunca, pero que en Jirueque había una familia que procedía de Castejón. Resultó ser al revés: en Castejón de Henares hay una familia (ahora creo que van por la cuarta o quinta generación) cuyo apellido procede de Jirueque. Yo llegué a conocer al tío Segundo, que fue quien emigró a Castejón. Cuando llevábamos hablando como un cuarto de hora me dijo que arrimara el coche a una orilla de la carretera y que pasara a su casa que me invitaba a una cerveza. No, le dije que una cerveza no porque tenía que conducir. Me invitó a un refresco, yo le regalé un tomate de los de Pinilla (pueblo muy cercano a Jirueque), me enseñó su casa, enorme y muy bien cuidada, en la que vivía solo, dos o tres meses en el verano; el resto lo pasa en Madrid, donde ha desarrollado toda su vida profesional; también solo (según me dijo había enviudado hacia 15 años), me dijo que comía en casa de una hermana, que también veranea en Jirueque; que creía que eran 17 vecinos en el pueblo y, en fin, nos contamos nuestras vidas, no muy al detalle y yo tenía que irme si quería llegar a Cogolludo antes de que cerraran los restaurantes. Si vuelvo para conocer “El Dorado”, llamaré en su casa para saludarle.

Vuelta al pueblo con el coche, por no hacer maniobra, foto a una ermita que hay en la entrada del pueblo y a comer a Cogolludo.
Me encontré con que era el segundo día de fiestas, no pude parar en la plaza por estar ocupada con unas instalaciones de “coches de choque”, un tobogán inflable y la plaza de toros desmontable. En los restaurantes que yo conocía no me apeteció entrar ya que, además de ver que había mucha gente, también, en los locales colindantes, había unas peñas, cada una con su charanga, donde los componentes, mozos y mozas, tragaban cerveza como si no fuera a haber mañana. Elegí otro que solo lo conocía de haber tomado café, pero nunca había comido en él, Restaurante Ballestero, junto a la fachada del Palacio de los Duques de Medinaceli.



Me di un pequeño homenaje: unos espárragos trigueros a la plancha y el consabido cabrito asado (cada día lo hacen mejor). Después de comer, vuelta a la carretera, camino de Tamajón.
Antes de subirme al coche pregunté para asegurarme de tomar el camino correcto. Un señor, amablemente, me explicó que podía salir de Cogolludo, dirección a Atienza, CM-1001 y que nada más salir del pueblo me encontraría un indicador a la izquierda que me indicaba Arbancón, carretera GU-143, pasaría muy cerca de Muriel, en la cola del Pantano de Beleña y, el siguiente pueblo era Tamajón. Me advirtió que la carretera, aunque de firme bastante bueno, era muy estrecha y con muchas curvas; pero que la otra alternativa era tomar la CM-1001 en sentido Guadalajara, hasta Humanes (aquí falló), pues por la CM-1001 se llega a Puebla de Beleña y aquí se toma la CM-1004 hasta Tamajón.
Decidí la primera alternativa que me resultaba más sugerente. A poco de salir de Cogolludo y cuando aún apretaba el sol, me encontré una señora, ya mayor, caminando por la carretera y protegiéndose del sol con un paraguas; le pregunté si había tomado bien el camino para Tamajón y me dijo que si y que ella iba a un funeral a Arbancón, el primer pueblo por el yo iba a pasar; le dije que, ya que yo iba a pasar por el pueblo, si quería la llevaba. Aceptó de buen gusto y en el camino me dijo que el funeral era por la prima de una cuñada (ahora tengo dudas si me dijo que el funeral era por la prima de una cuñada, o por la cuñada de su prima).
En Tamajón tomé la carretera a la derecha para meterme en los pueblos de la “arquitectura negra” y llegar a Majaelrayo, a saludar a mis amigos Carme y Víctor y a su hijo Javier. Pasé la tarde charlando con ellos. Carmen es de muy fácil conversación y una mente muy, pero que muy preclara y centrada; a pesar de su edad y de que su estado físico ya está un poco “perjudicado”. ¡Quién pudiera llegar a su edad en ese estado mental! Los dos hemos perdido recientemente alguien muy próximo y, en la conversación, hubo recuerdos nostálgicos de nuestros seres queridos, perdidos recientemente y de otros tiempos mejores. También hubo otros momentos, he de reconocer que los mínimos, pero charlando con Carmen es relativamente fácil, para recordar alguna anécdota que nos hizo esbozar una sonrisa.
A las ocho y media nuevamente a la carretera, camino de Torrelaguna, para que, unos pocos kilómetros más y llegar a casa ya bien anochecido.
¡Ah! Los tomates de Pinilla, a pesar de llegar muy maduritos, una excelencia.

sábado, 4 de agosto de 2018

DRAMA FAMILIAR


Hoy hace 54 años que una víbora le picó, en un brazo, a mi hermana Fina, la menor de 7 hermanos.
Era una niña, tenía 11 años y aquel día, la cuadrilla de segadores, junto con mi padre, estaban segando en la Manezuela y a Fina le encomendaron la misión de ir a llevarles la comida del medio día (¿explotación infantil?). No, supervivencia familiar). Montada en una mula y con las alforjas llenas, a eso de las 2 de la tarde se presentó en el “tajo” y con la ayuda de mi padre, descargaron las viandas y el cántaro de agua fresca y lo colocaron junto a unas piedras y a la sombra de una chaparra, que es donde la “cuadrilla” tenía sus atuendos. 
Cuando estos terminaron la “mano” que estaban dando, se sentaron a la sombra, cada uno en una piedra que habían colocado haciendo círculo y se disponían a comer. Fina trataba de sacar de las alforjas la comida y cuando introdujo la mano dio un grito, sacando el brazo de una fuerte sacudida y la víbora aún salía enganchada del brazo. Mi padre, después de matar el bicho, cogió la niña y más, supongo, por intuición que por conocimientos específicos, aunque en la guerra había estado algún tiempo como sanitario, le ató un hatillo, de los de atar la mies, en el brazo y por encima de donde tenía la picadura, se montaron en la mula y la llevó al pueblo, donde la niña se quedó con el cuidado de mi madre y mi padre tomo una bicicleta y se marchó, a toda prisa, a buscar el médico que residía en Mandayona.
Cuando llegó el médico, D. Laureano, del que la gente, en general, tenía bastante buena opinión y era apreciado; no sé si por exceso de confianza o que sencillamente falló, le quitó la atadura, pues el brazo, al parecer, estaba tomando mal color, probablemente debido al apriete de la atadura que, aunque su función principal era que el veneno no pasara al resto del cuerpo,  dificultaba la circulación de la sangre en el brazo donde tenía la picadura, con algún riesgo de  gangrenarse.
No recuerdo si tomó alguna otra medida o simplemente creyó que aquello no tenía mayor importancia; el resultado es que a última hora de la tarde y con el cariz que estaba tomando el asunto, mis padres tomaron la decisión de coger la niña y llevarla al hospital a Guadalajara, donde al verla decidieron de inmediato trasladarla a Madrid. En Madrid saltaron todas las alarmas, la niña sencillamente se estaba muriendo. Buscaron algún antídoto, pero parece que no había mucho donde elegir. No recuerdo de que modo, pero la noticia tuvo una gran repercusión, pues alguna emisora de radio se hizo eco del caso y le dio difusión pública en las ondas. Como caso anecdótico (después contaré otra anécdota también muy gráfica y que refleja el drama que vivimos la familia) diré que una persona de Castejón de Henares, que estaba trabajando en Francia, se enteró por la radio de lo que estaba pasando en su pueblo.
La reacción no se hizo esperar mucho, pero podía ser demasiado tarde. Se pasó un día de auténtica angustia, buscando de un lado para otro: que si en la farmacia tal la pueden tener, que si en la farmacia cual pueden hacer un brebaje; probablemente algún médico informara de que había un antídoto tan reciente que aún no había salido a la red comercial farmacéutica. Por influencia de no se quien, pero supongo que sería el mismo hospital, se tuvo acceso al almacén central de la S. S. que por aquel entonces tenía su sede, creo que, en la calle Rodríguez Sanpedro (Madrid) y proporcionaron el medicamento, pero podía ser demasiado tarde. Ya hacía más de 24 horas de que Fina había sido picada por la maldita víbora y aquello no hacía sino empeorar la situación según iban pasado las horas. Un veterinario, que unos pocos años antes había ejercido en Castejón de Henares y que en aquel momento desempeñaba sus funciones profesionales en un pueblo de Toledo, se puso a disposición de la familia e inició la búsqueda de sanguijuelas que parece que tienen la virtud de chupar la sangre en la zona donde había picado la víbora y ser capaces de extraerla, pero al mismo tiempo también el veneno, en cantidades que pueden ser mayores que su propio volumen. Estas sanguijuelas se crían en pequeños arroyos (aguas dulces). Alguien nos había informado que en un arroyo, entre Carabanchel y Leganés, se criaban sanguijuelas y, ya por la noche de aquel segundo día, estuvimos buscando hasta que cerca de la medianoche pudimos llevar al hospital algunos ejemplares que, incluso, desconozco la razón, tardaron algún tiempo en hacer su función.
Pocos minutos después un médico dijo algo que fueron los primeros rayos de esperanza “parece que hemos conseguido que el proceso se estanque. Aún hay que esperar para ver la evolución. En cualquier modo quizás haya que amputar el brazo”. Las cosas empezaban a cambiar; ya no era la opinión tan pesimista de la última hora del día anterior. El antídoto, los tratamientos previos, las sanguijuelas o quien sabe si todas las cosas juntas, estaban dando los resultados que todos anhelábamos, invirtiendo el proceso. De momento solo era una ilusión.
Al día siguiente, por la mañana (aquí viene la segunda anécdota), estaba mi tía María en la sala de espera del hospital, esperando que le permitieran ver a mi hermana, cuando el capellán entró manteniendo una conversación con un matrimonio; una conversación que, al parecer, se prolongaba demasiado, pues el sacerdote les dijo que los tenía que dejar, que iba a hacerles compañía a los familiares de una niña que había muerto por la picadura de una víbora. No cabe duda, la información que tenía era la de por la noche, cuando para los médicos había nulas esperanzas de poderla sacar adelante.
Salió, no hubo que amputar el brazo y hoy hace 54 años. Como ella es muy creyente, ofreció el brazo de cera (no sé si se dice así) a la Virgen de Mirabueno, a la que se iba en romería, desde varios pueblos de la comarca, todos los años por el mes de mayo. Ella, Fina, se ha debido de perder pocos años (no sé si alguno). Ahora se va en coche, pero aquellos años se iba en carro tirado por mulas y andando y algunos, por promesa a la Virgen, descalzos.
En fin, Fina. Como tú nos has recordado esta mañana, hoy cumples 54 años. Que lo puedas contar muchos años más.